Me sentía como si necesitara dos narices, pues una ya no bastaba para llenar mis pulmones de aire incluso con el respirador artificial. Después de sacar a mi hijo del cuarto, la doctora me permitió hablar con él. Me alcancé a despedir y a darle la bendición, y le juré que iba a estar bien.
No pude más, no vi el túnel negro que tenía al final una luz, estaba preparada para él, pero no lo vi. Pasé por una espiral de recuerdos y de momentos en el área donde trataban de reanimarme.
Vi el nacer de mi hijo, mi boda, el parque donde jugaba de pequeña, el beso con mi primer novio, la muerte de mi padre, el aborto que tuve por aquella pelea con mi marido, las campanas sonando para apurarme a ir a la iglesia, mi madre haciendo los huazontles que tanto me gustaban. Todos estos recuerdos inmersos en ese veloz remolino que me dejaba ver el resumen de mi vida.
Después de esto volví al quirófano: veía mi cuerpo. Era como un ser de éter que flotaba.
Veía a todos llenos de lágrimas y quería decirles: Sigo aquí, no se den por vencidos. ¡No lloren! Era absurdo gritar, yo era la única que me escuchaba. ¿Cómo era posible de cincuenta y dos años? Mi madre seguía viva, la mujer de mi hijo estaba esperando a mi nieto, no lo iba a lograr conocer, no podría tocarlo, y no aguanto más, mis lágrimas son como hiel, ya no duelen ni pesan. Estoy sola en este limbo.
En el momento justo que logré dominar mi nuevo cuerpo, algo me absorbió.
Subí rápidamente miles de metros. Estaban esperándome todos. Fue una gran recepción, estaban todos a los que les lloré y los que no quise. Estaban formados en media luna y yo era el centro de atención.
Desde aquí podré verlos ¿verdad?. De vez en cuando verán mis señales, les preguntaba a todos, pero sólo me contestaban moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Un gran no.
Mi tío me abrazó y dijo: Déjalos ir, es tu momento. Este es el inicio.
¡Ja! Tenía que olvidar mi existencia.
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