Nunca supo qué le hacía, sólo sentía el inmenso dolor que esto le provocaba. Cada domingo la subía al cuarto del abuelo y jugaba con su sexo, estaba aterrada, y no podía gritar. La cucaracha había sido catalogada como un ángel y es que, desgraciadamente, sí podía volar, pero era un vuelo torpe. “Es solo una cucaracha”, dijo la niña, “ningún ángel tiene las alas de ese café horroroso”.
Esas clases de anatomía y sexología en la secundaría le habían hecho ver que la cucaracha era más asquerosa de lo que pensaba. Se bañaba más de tres veces al día pero el olor a podredumbre no se le quitaba de la nariz.
E iba por las calles aborreciendo a cada insecto, se imaginaba que sus casas eran inmensas coladeras; que sólo se podían ver lo suficientemente lejos de ellas. A veces ni los demás familiares se daban cuenta de la clase de seres vivos que habitaban en esas lujosas casas, no se lo merecían, es decir, a ese tipo de insecto le bastaba con algo que roer y alguien a quien espantar.
Se fueron pasando los años, y con la edad, el putrefacto olor era más fuerte, la estaba carcomiendo. La niña ya era una jovencita de delgada figura, tez amarillenta, clavículas y pómulos saltados, que no dejaban ver su verdadera belleza. Aunque ella pensaba que era por el olor desagradable que despedía cuando caminaba y, más aún, si corría. La verdad es que no olía a nada, a veces solo tenía un grato a olor a lavanda producto de sus continuos baños. Ningún muchacho la invitaba a salir, no era por otra cosa que por su gesto malhumorado que siempre estaba adherido a su rostro. Pero ella pensaba que el penetrante olor ahuyentaba a cualquiera que estuviera interesado en ella.
Entonces llegaba al baño y con un cepillo de metal restregaba su cuerpo hasta llenarlo de brillante color rojo que desaparecía con el agua ardiente; en su sexo colocaba la mitad de perfume de su madre con un poco de jabón, jamás lo tocaba, siempre era con la esponja rasposa. Acabado el rito terminaba agotada y por escasos 5 minutos se sentía una de todas, una bella jovencita de ojos grandes y cabello ondulado.
Un día la cucaracha llegó como si siempre y la besó en los labios. La cucaracha era astuta sabía cuándo llegar y no habría nadie que la defendiera, o que viese lo que hacía. La verdadera podredumbre no radicaba en la joven, sino en la cucaracha, se dio cuenta la jovencita.
Vamos a jugar a algo distinto. Amarró con indesatables nudos al bicho. El bicho no desconfió por
alguna razón digna de sólo un pensamiento retrasado; pensó que a la niña y a la jovencita le gustaba lo
que hacía y que ahora ella llevaría la batuta. Y lo bañó como ella acostumbraba hacer con ella misma.
El bicho gritaba pero jamás se intentó desamarrar. La joven se acerco a su pecho, lo lamió, y saboreó
algo tan intoxicado, que recorría cada una de las papilas gustativas: el veneno mismo de la
cucaracha.Corrió hacía la cocina y tomó aquél cuchillo grande, el más filoso, entonces subió lo más
rápido que podía. Vio que el insecto se había soltado ya las patas, sin pensarlo dos veces, apuñaló directo
al desagradable olor y de él corría pestilente sangre, por fin un aroma más fuerte que el de la
podredumbre, más suave para el olfato de la joven, y más lindo para el ángel que siempre fue una
pestilente cucaracha.

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