miércoles, 2 de noviembre de 2011

EN CASA

EN CASA
Miguel Antonio Lupián Soto


Despiertas boqueando y empapado en sudor. Tus ojos van de izquierda a derecha y viceversa. Los recuerdos se agolpan en tu mente: los cuervos vestidos de niños jugando en el papel tapiz de las paredes, los pegotes fosforescentes simulando constelaciones en el techo, la bandera pirata estampada en la colcha… Estás en casa.

Te levantas y el crujido de los tablones del piso retumba en tus entrañas exactamente igual que cuando te levantabas a medianoche y corrías aterrado al cuarto de mamá gritando que había un monstruo debajo de la cama.

Te agachas, aún temeroso, y encuentras a El Santo con sus mallas plateadas, torso desnudo, brazos en posición de agarre y capa ondulante: el mejor remedio que encontró mamá para ahuyentar a los monstruos nocturnos.

Caminas de puntitas para no molestar el sueño de quién sabe quién. Llegas al ropero y te esfuerzas para deslizar la puerta izquierda que siempre se trababa: overoles, camisas, pantalones. Coges una chamarra gris de mangas azules. Te la pones recordando la desilusión que sentiste al encontrarla en lugar de la patineta que pediste para tu séptimo cumpleaños. Te plantas frente al espejo que cuelga de la puerta del baño: la imagen reflejada te parece una versión genérica del monstruo de Frankenstein. Sacudes la tierra de tu cabeza pero no puedes hacer lo mismo con las cicatrices de tu rostro.

Rodeas la cama y te acercas a la ventana. Tus botas sucias descansan a su pie. El cancel blanco corrido y el mosquitero arrancado te recuerdan que por ahí entraste. Llenas tus pulmones con el olor fresco de la noche y del limón que durante muchos años fue el semillero de tus peores pesadillas.

Sonríes al saborear las lágrimas que se estancan en tu boca. Ha terminado el viaje: es momento de descansar. Regresas a la cama y te acuestas en posición fetal. Tarareas una canción de cuna y tus ojos se cierran lentamente mientras la oscuridad envuelve el último monumento a la vida: tu casa.

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