El cielo se cubrió de nubes, pronto llovería y el sol no tenía permitido seguir brillando. Siempre era igual, cada vez que Ángel desembarcaba, sin importar que tan soleado fuera el día, oscurecía inmediatamente.
Sólo bajó a comprar comida, carne, pollo, algunas verduras en conservadores y montones de dulces. Con algo de suerte no tendría que volver a pisar tierra en dos meses. Tambaleándose por el peso de las bolsas, caminaba de regreso al puerto, sus pasos lo hicieron parar en una tienda de juguetes, frente al aparador imaginó la sonrisa de su niño, que feliz sería si recibe algo bonito para jugar, ¿Cuál sería perfecto para él? El oso de peluche, no ese es para niñas, un balón, no hay suficiente espacio para usarlo, el avión de plástico, no, los aviones son muy mala idea, le recordaban la última vez que viajó en uno. Abordó el vuelo sin prestar atención a la gente, su mente estaba en otro lugar, deseaba llegar pronto con la mujer de su vida, por fin le pediría que se casaran. Pasó la mayor parte del vuelo sonriéndole al anillo en su estuche.
Contemplando los juguetes notó por el vidrio del aparador el reflejo de un niño, caminaba de la mano de su madre, ambos parecían maravillados por la gente y los edificios.
-¡Victor!
Los dulces rodaron por la calle cuando las bolsas cayeron, Ángel dejó todo por correr hacia su hijo, frenético le tocó la cara y el cabello –Tranquilo, el barco está cerca. Tomó de la mano a su hijo y su mujer forzándolos a caminar hacia el puerto.
-¿Cómo te atreves a traerlo? ¡No vuelvan a dejar el barco!
-Ya cálmate, tiene seis años y nunca ha pisado una ciudad, ¿Cómo puedes ser tan cruel?
-sigue caminado.
El camino hacia el puerto se volvía mas estrecho con cada pisada, los murmullos crecieron alrededor, rebotaban en los edificios, pero por el camino la gente callaba. Sombras sangrantes se arrastraron por las paredes, las ventanas se apagaron, los muros se pintaron de negro y Ángel fue alcanzado, estaba inmerso en la oscuridad. Las personas de la ciudad ya no estaban, todas se habían desvanecido, el niño y la mujer seguían con Ángel, sus manos estaban heladas, no se movían, no parpadeaban, incluso parecían no estar respirando, Ángel era el único que estaba bien. Frente a él una sombra se acercaba, comenzó a tomar forma humana, era un señor de barba, vestía traje formal y escurría sangre. Sus blancos ojos parecían no ver, pero con paso firme se acercó.
-An…..gel. Tienes que venir
Ángel pretendía ignorarlo, golpeaba suavemente las mejillas de su mujer intentando hacerla reaccionar. Su respiración era agitada, el aliento dibujaba pequeñas nubes de hielo frente a él.
-No podemos cruzar sin ti
El hombre llegó a su lado, con mano ensangrentada tocó su hombro. Ángel dio un sobresalto y miró, esos profundos ojos blancos le recordaban las nubes vistas desde arriba, y lo afortunado que fue la última vez que viajo en avión, una de las aeromozas, atraída por su gran sonrisa, se acercó.
- ¿A que debemos tanta felicidad?
- Hoy es el gran día.
Dijo sacando el anillo de compromiso de su estuche.
- Qué bien, muchas felicidades. Entonces le gustará saber que ya estamos próximos a aterrizar.
- No me ponga nervioso.
Ambos sonrieron.
- No olvide abrochar su cinturón.
A penas desapareció la azafata, Ángel abrochó su cinturón, la voz del piloto a través de las bocinas le revolvió el estomago, aún antes de muerto su voz era gélida y pausada.
Ángel empujó al piloto, pesado como una roca apenas logró moverlo. Tomó fuertemente a su mujer y su hijo de la mano y forzó una nueva huida. Corrió sin mirar atrás, las sombras se dispararon a toda velocidad tras ellos. Cerca de la costa, Ángel escuchó los pasos tras él, su esposa y su hijo estaban bien, se detuvieron jadeantes, nadie los perseguía.
-¿¡Que te sucede!?
Gritó su esposa
Ángel se acercó a ella –tranquila estamos bien, confía en mí.
-¡Ángel! Estas sangrando.
-Suban al bote.
Asustada su mujer tomó al niño y se fueron. Ángel se quitó la camisa y la tiró al mar. A lo lejos las sombras lo observaban, algunas tenían forma humana. Pudo reconocer a la azafata.
Ángel se abrazó a su hijo hasta que pudo conciliar el sueño, después subió a cubierta. Por largos minutos contempló la ciudad, no se habían alejado, aun tenía que comprar comida para los siguientes meses.
Su esposa fue hasta él.
-Estabas sangrado, ¿Qué hiciste?
-No era mi sangre.
- Estas loco Ángel,
Con un suspiro Ángel sumió la mirada en las luces de la ciudad.
- Ángel, no quiero que mi hijo crezca en un barco, necesita una casa, ir a la escuela, amigos.
- Ya lo hablamos, no puedo estar en tierra, no le agrado a las personas de ahí.
- No lo estoy discutiendo, te estoy avisando
Con lagrimas en los ojos la mujer se fue a la habitación, Ángel la escuchó hacer las maletas. Tal vez así es mejor, lejos estarán seguros.
Ángel no bajó a la habitación esa noche, se quedó dormido en una silla. Ninguno de los tres notó cuando la madera comenzó a crujir. De la oscuridad del mar salieron unas manos, primero fueron las manos ensangrentadas del piloto, después la azafata, el niño que venía a su lado, los recién casados, el alemán, los ingleses que iban en primera clase, el anciano con cáncer, la porrista, el empresario…. A ninguno de ellos lo recordaba. Tras mucho forcejeo, el barco comenzó a ceder ante los entes. El agua lo cubrió entero, dormidos en sus habitaciones, Víctor y su madre no tuvieron escapatoria sin embargo, nadie pudo encontrar el cuerpo de Ángel.
Aún con vida, contemplaba el funesto espectáculo desde tierra firme, había conseguido nadar y alejarse. Esa noche dos almas nuevas se sumaron a su eterna persecución.
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