Rodolfo García Portillo.
...verá usted...
Los vi pasar con sus velos enigmáticos, igual que todos los jueves. Las cenizas recorrían el aire tranquilamente. No fue una noche común -si me permite decirlo-. A lo largo de la calle muda se podían escuchar las voces maltrechas de pobres y ricos, todos al unísono entonando siniestras melodías de cuna. Las luciérnagas se formaban estoicas, infiltrándose en las farolas para alimentarse de la obscuridad del cielo áspero. Más adelante, mientras seguía mi vuelo a ras de piso, me encontré con una lupa muy peculiar que deslumbró mis dilatadas pupilas. Mi instinto fue el de tomarla por el mango y mirar a través de su ojo. Con labios temblorosos y manos inmóviles contemplé lo que nadie en el mundo habría podido siquiera imaginar:
Mundos de colores hipnóticamente terroríficos sobreponiéndose a las sombras, la calle empedrada, que ahora era lisa, los aparadores, que aparecían cristalinos y desagradables a la vista. Había -cerca de mí- diminutos seres de risas agudas que envolvían el lugar. Estaban también aquellos insectos alados de garigoleos geométricos que revoloteaban incesantes. Repentinamente, la obscuridad se tornó en un cielo azul deslumbrante y arriba, a lo lejos, la luna parecía estar en llamas. El asombro recorría mis huesos de adentro hacia afuera.
Seguí meciéndome abrumado, comparando mis visiones a través de la lupa. Más allá, al final de la pendiente empedrada, se observaba una apacible montaña rodeada de hojas verdes que reflejaban las llamas de aquella misteriosa luna encendida. Recuerdo muy bien, fue entonces cuando tropecé con el sastre, aquel encorvado y esquelético individuo que se hallaba de espaldas a mí. Confieso que tal fue mi sorpresa cuando no se inmutó de mi presencia en lo más mínimo, indignándome fatalmente. ¡Que descaro! -pensé al momento- pero rápidamente aquel malestar amainó, pues el sastre comenzó caminar frente a mí. Al verlo, mis ojos desorbitados salieron disparados de sus cuencas y por un momento solo pude observar porciones de piso oscilando frente a mí. Alcancé mis ojos al fin para ponerlos en su lugar y me volví para buscar al sastre, cuando lo encontré se hallaba ya más de una calle alejado de mí. Me impulsé a toda velocidad para acercarme más y poder confirmarlo -realmente me intrigaba saber si aquel hombre se encontraba caminando-. Cuando pude verlo al fin, un calor intenso recorrió mis huesos y mi mandíbula comenzó a temblar; aquel horrible señor estaba realmente caminando, que falta de educación la suya, esto era el colmo. Miré hacia el otro lado cubriéndome los ojos, pues no podía ver lo que creía, y -disculpará usted la falta de moral en mi anécdota- pero estuve a punto del vómito. ¿Como podía ser que ese pedante hombre estuviese realizando tal barbarie ahí a plena obscuridad, a la media noche, cuando todos podíamos verle?
Me acerqué entonces a él y le dije: Señor sastre, no estará usted pensando acaso en lucir sus malos modales por todo el pueblo, ¿verdad?. El hombre detuvo su asquerosa actividad, y se irguió mirándome con su característico desdén, luego, su expresión cambió por completo, como si hubiese recordado algo y prosiguió caminando, ahí frente a mí el muy descarado. Ferozmente alterado, lo alcancé para propinarle una violenta sacudida. Los ojos del hombre parecían no estar mirándome, sus labios repetían con entusiasmo que debía volver a casa, y además, parecía haber perdido algo muy valioso, puesto que insistía en que debía encontrarl algún objeto a como diera lugar. Contrariado, lo sacudí de nueva cuenta y el hombre se apartó de mis manos sin darme importancia alguna. Decidí omitir su presencia, así como él omitió la mía.
Seguí mi camino con la lupa todavía en mano. Aquel sastre me había hecho olvidar por unos momentos la maravilla de artefacto que el destino había puesto en mi poder. Y así continué, tomando la calle de mi derecha para dirigirme a la tienda de bocadillos que se encontraba bajo el viejo roble, mirando a través de la lupa dorada que transfiguraba las cosas en horripilantes telares coloridos. Me detuve frente al roble y no pude resistir la morbosa tentación de mirarlo detenidamente. Después entré en la tienda. Al acercarme al aparador, Cervantes se hallaba entretenido mirando un pedazo de carbón con su monóculo de aumento. Le pedí dos de los pequeños gatos que colgaba por el lomo, con esas deliciosas pinzas que los hacen lucir tan apetitosos. Apurado, Cervantes los puso en una bolsa y volvió a su lugar mientras me pedía que colocara el importe sobre el aparador. Extrañado, puse las monedas enceradas sobre el metal frío y dejé el lugar. Al llegar a casa recuerdo haber visto el calendario, todo esto que le narro de buena fe a usted, tuvo lugar una noche de muertos.
Disculpará usted mi insistencia, señor, pero es aquí donde debe usted poner suma atención a las palabras que componen mi anécdota, puesto que es esta la secuencia de acciones que le atrapará en sus garras, así como me atrapó a mí aquella noche de muertos de hace tantos años. Tengo el vago recuerdo de haberme dado un baño de luz de vela durante un largo rato, mientras leía algunos poemas y organizaba mis menesteres para el día siguiente. Junto a mi lazo, donde me cuelgo todas las noches para dormir, tengo una repisa en la que acomodo -con un una jerarquía específica- las cosas que utilizaré la noche siguiente al despertar. Viene a mi memoria una completa certeza de haber puesto la lupa que encontré por delante de todos mis artefactos. Dormí durante suficientes horas, y al despertar, lo primero que hice fue buscar la lupa a tientas antes de sacar mis ojos del galón de solvente clarificante que conservo junto a mí. Mi primordial decisión era mirar por primera vez en la noche a través de la lupa dorada, pero apareció tremenda mi agitación cuando mi mano encontró nada más que un lugar vació en la madera áspera de la estantería. Preocupado por mi particularmente notable inteligencia espacial, me apresuré a poner mis ojos en su lugar. Los sequé y rápidamente busqué el artefacto, pero ya no estaba ahí. Asombrado tomé mis cosas y comencé mis menesteres, no sin dejar de pensar en el paradero de aquel particular objeto. Me dispuse a buscarlo, pero mi tiempo se extinguía, por lo que continué con mis actividades.
De regreso a casa, volé lentamente, recordando el trayecto de la noche anterior. Al pasar frente al negocio de Cervantes, me detuve a platicar con su esposa, que se encontraba afuera pese al calor que apremiaba la noche cenicienta. En un principio nos enfrascamos en una conversación que se convirtió en un remolino de banalidad, después, hablamos sobre como el sastre había desaparecido apenas comenzaba ésta noche. Muchos dicen que lo vieron aun caminando balanceándose por los aires, comentan que se alejaba del pueblo sobre la montaña humeante sosteniendo algún objeto dorado en las manos, otros señalan que daba las gracias a la luna, mientras ascendía encogiéndose como un destello lejano en la obscuridad. La señora Cervantes clama haberlo visto desaparecer en el aire. Personalmente -y si soy completamente honesto con usted- me da gusto que ese maleducado sastre haya abandonado este pueblo apacible y espero que nunca vuelva. Y en cuanto a la lupa, nunca volví a verla. La he buscado por todas partes, en cada esquina de mi casa, en cada intersticio apolillado del parquet, debajo de mi alacena y junto a mi diván. Lo he buscado también en las calles y a los pies de la montaña humeante al final de la calle. Supongo que son el tipo de cosas que solo se dan una vez, pero le confieso que si por algo me mantengo todas las noches despierto, es porque ese maldito sastre bueno para nada, ha dejado este pueblo y sé muy bien, que no volverá jamás.
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