Nadie pidió que me regalaran esto. Siempre pensé que el mundo y cada objeto eran cosas extraordinarias y que los problemas no tenían la intensidad que debían tener, puesto que al mirar alderredor todo era tan bello que no importaba lo demás.
¿Qué como me imaginaba yo las cosas?Era fácil, las tocaba, sentía su textura, me envolvía en su forma. No sólo me imaginaba como era lo que tocaba sino que venía a mi mente de dónde provenía, la persona que la había hecho, o las que la habían poseído antes que yo.
En el parque me sentaba a imaginar a niños que corrían, brincaban y gritaban. Unos se me acercaban con curiosidad ¿Por qué usas esos grandes lentes oscuros? ¡Está nublado! ¿Por qué usas bastón? ¡No eres tan viejo!
Las madres, apenadas, les daban un manazo y pensaban que yo no me daría cuenta del golpe, pero oía el sonar de su cabecitas. Nada de eso me molestaba, de hecho, me daban risa sus curiosas preguntas.
Algunas veces les preguntaba a los niños ¿Todas las cosas redondas botan?Y ellos contestaban: No, las pesadas solo se balancean, las otras, giran. Y, con base en todas las preguntas que ellos contestaban honestamente, iba formando mi mundo.
Hasta que llegó mi hija. Ella se había ido a Europa. Antes no le molestaba tener a un padre ciego, pero creo que en Europa esto es motivo de vergüenza. Se iba a casar.
Tenía la impresión que sin ver al novio no podía saber con quién se casaba realmente, pero lo sabía bien: era frío, pero le gustaba que mi hija fuera hogareña, pensaba que aquí todos éramos pobres y feos que de algún modo mi hija era la única bien parecida de este vasto lugar. ¿Qué más querría saber de él? Si sabía en mi corazón que la quería.
Pero insistieron en que me sometiera a la operación, que por los avances en la medicina ya era posible hacerme ver. Alguna vez de joven lo quise, pero una vez que supe que veía mejor que los que tenían un par de ojos funcionando, no lo volví a pensar. Pero lo hice por mi hija.
Tengo grandes ojos azules, canas, arrugas por todo mi cuerpo, en unas partes más, y en otras menos. Los niños ya no se me acercan y el maravilloso mundo que yo había contemplado se ha ido.

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