Por: Octavio Pérez Sánchez
Luis estaba harto. Por donde miraba su vida era un caos. Se encontraba desempleado, descorazonado, y sólo las largas caminatas matutinas con su amigo Armando le ayudaban a despejarse. En uno de dichos paseos, en el que Luis hablaba sin parar de sus problemas y Armando lo escuchaba mientras miraba el piso, el segundo vio un billete de doscientos pesos en el piso y lo recogió inmediatamente.
– ¡No se vale! Tú no lo necesitas –dijo Luis.
–Ni modo.
Luis siguió quejándose de su suerte a la vez que doblaban la esquina. Entonces una mujer muy guapa se cruzó en su camino y le arrojó una mirada seductora a Armando.
–Hoy es un buen día –dijo Armando, sonriendo mientras seguía a la mujer con la mirada. Luis lo miró con envidia, deseando que le hubiera tocado a él.
–Al menos le hubieras...
Luis fue interrumpido por el celular de Armando, que empezó a sonar. Armando miró el mensaje y sonrió.
–Es de Vicky, ¡quiere verme!
– ¿Qué no tenía novio?
–Al parecer ya no.
–Maldito suertudo –dijo Luis –. Normalmente me caes bien pero hoy me cagas.
Armando no pudo hacer más que reír. Sabía de la pobre situación de su amigo pero eso no le impedía disfrutar de su suerte. Entonces, mientras caminaban, Armando tropezó ligeramente con la raíz de un árbol.
–Ja, ya sabía yo que algo malo te tenía que pasar.
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