sábado, 1 de octubre de 2011

EL TUERTO

Elena Alvarado.

¡Hijo, hijo, hijo! Fue lo que mi madre grito cuando nací y el doctor le dijo que no tenía un ojo y que mis cuerdas vocales no se habían desarrollado, por ende, yo era tuerto y mudo.

A la edad de cuatro años me dijeron que no podía entrar a la educación básica, que necesitaba una escuela especial, pero eso no podía pasar, ya que mi madre era empleada de limpieza y su salario sólo alcanzaba para mal comer y mal vestir.

Lo malo de ser el hermano de en medio es que nadie sabe que existes. A pesar de mis dificultades, no era especial. Mi hermana la mayor siempre sacó buenas calificaciones en la escuela, por eso toda la familia la quería y mi hermano el menor, era el consentido de todos; aunque medio bruto, no importaba ya que era el chiquito y a todos causaba ternura.

Mamá nos quería a todos... pero a mí más, bueno, eso creo. El primer regalo que me dio fue un abaco, ¡era genial! Me encantaba los colores… los números son perfectos: no tienen sonido, ni faltas de ortografía, ni mayúsculas, ni minúsculas, ni tienen idioma. Son los mismos aquí y en China… jamás se equivocan y en todos lados están presentes.

Esos me los enseñaba la señora Lucha que en sus buenos tiempos fue una gran maestra, y ya jubilada ayudaba a los niños de las vecinas con sus tareas. Lo malo es que hacía muchos gestos y señas obscenas, supongo que no le agradaba la educación de nuestros tiempos. Ella era la única que me tenía paciencia, por desgracia murió, su mala memoria le falló y una noche se le olvidó respirar y ahí quedó. Hasta ahí me quedé en los números.

Toda mi niñez me la pasé pegado a casa, jugando, corriendo, doblando ropa que mamá tendía antes de ir al trabajo, pintando con mis colores americanos que me trajo “El chori” de Estados Unidos cuando Se fue de mojado pero lo deportaron y eso fue lo único que pudo esconder. Volvió a intentarlo murió ahogado junto con la promesa de otros colores. El tiempo, me dijo que nada es eterno y los colores se acabaron y dejé de dibujar.

A los ocho ya hacía mandados a todas las vecinas, desde ir por refrescos, las tortillas, los cigarros, las quesadillas, a la farmacia y hasta ir a pagar el teléfono y eso que estaba a más de ocho cuadras de la casa. Con eso me ganaba unos cuantos pesos que me servían para comprar lo que todo niño ama a esa edad, dulces.

A los 13 mi gusto por la música fue enorme pero el dinero era escaso… por las tardes mi amigo Salvador me enseñaba a interpretar canciones sencillas, si de algo he de presumir es de mi buena memoria eso permitió aprender rápido lo que él me enseñaba. Jamás me cobró un centavo, pero le pagaba llevando su ropa a la tintorería.

Todo iba bien en las lecciones hasta que don Beto, el papá de Salvador, una noche muy borracho le sorrajó la guitarra en la cabeza y la destrozó toda. Mi amigo enfureció de dolor y coraje, tomó sus cosas y se fue. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

En diciembre, cuando iba rumbo a la peregrinación anual hacia la villa, para ir a ver a la virgen de Guadalupe, me acorde de mi madre, de cómo me decía “no te sueltes, no te vayas a perder y fíjate al cruzar la calle”.

Mamá murió cuando a ella no le funcionó el oído y no escuchó el camión que le pasó encima. Qué ironías de la vida, eso es lo único que me funciona a la perfección.

Ya rezando frente al altar, viendo a la madre de Dios, su hermosura, su nariz perfecta, su boca pequeña, su piel intacta por los rayos del sol, los ojos perfectos. Recordé que no soy guapo, supongo que es la verdad. Mi mamá nunca me lo dijo. Tal vez por eso la virgen no me hace los milagros que le pido, no soy como ella.

Así que si he de pedirle un favor a Dios o al Diablo prefiero pedírselo al Diablo. él sólo pide mi alma y ya. Pero si se lo pido a Dios, además de mi alma darle, quiere que me porte bien toda la vida, con mi familia y con mis semejantes.

Eso me da más flojera que nada más entregar el alma, además, eso de irme al Infierno no me da miedo, no creo que haya peor castigo que vivir en este mundo, allá estaré con seres horribles, comparado con ellos seré el guapo y tal vez me escuchen.

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