DÍA DE VIVOS
por Adrián "Pok" Manero
Aún recuerdo mi primera vez. Yo tenía veintitrés años y había fallecido pocos meses atrás. La primera persona a la que encontré fue mi padre: no lo reconocí pues había envejecido bastante. Seguimos creciendo aún tras el fin de la vida, eso es algo que muy poca gente sabe, pero bastó con que escuchara su voz para que supiera quién era. Mi princesa, dijo, te extrañé. Él me enseñó todo lo que debía saber para el Día de Vivos, los preparativos, la transición, los caminos. No obstante, me dejó hacerlo sola esa primera ocasión.
Una vez que se puso el sol y el umbral se abrió, avancé sin mirar atrás. Cerré lo que antes eran mis ojos al cruzar y sentí que el frío me rodeaba. Al volver a abrirlos del otro lado me vi en medio de una oscuridad profunda, con varias estelas de algo como vapor luminoso trazando los caminos hacia la gente que me recordaba. La luz que despedían apenas iluminaba los alrededores, pero alcancé a distinguir mi lápida: papá me había dicho que aparecemos junto a nuestros restos mortales. Decidí seguir el camino que brillaba con mayor intensidad, la cual correspondía a la añoranza con la que me extrañaba la persona al otro extremo.
Supuse que se trataba de Joel. Llevábamos poco tiempo de casados cuando tuve que partir y yo seguía amándolo como si fuera el primer día de nuestro matrimonio. El haz luminoso no era recto, ninguno lo era: subía y bajaba, pasaba a través de rocas y árboles, torcía ya a la derecha, ya a la izquierda, pero siempre llevándome más cerca de mi amado. Los demás caminos se movían conmigo, todos partían de mi interior y se alejaban en distintas direcciones. A lo lejos divisé el final, un resplandor alumbraba la mesa con la ofrenda: mi pasta favorita, una botella de whisky, el libro que más me gustaba, delicioso pan de muerto y leche. Extraña combinación, pero adecuada. Estaba tan distraída viendo los componentes en la mesa que no me percaté de la gente en torno a la misma: mi madre, mi hermana y su esposo, mis dos sobrinos, mi hermano menor. Me percaté de que a un lado de mi ofrenda había otra, la de papá. Recordé cuando me dijo que la primera ocasión es tan personal que no podemos ver a los otros muertos ni sus caminos, mas supuse que estaba a mi lado.
Mi familia comía y bebía con gusto, platicaban sobre las experiencias que vivieron con nosotros, recordaban los ratos alegres y lamentaban las disculpas no ofrecidas. Mi hermana sonreía amargamente, con ojos vidriosos y mejillas húmedas. Mi cuñado hacía lo posible por consolarla. Sus hijos jugaban en silencio bajo la mesa, no sabiendo cómo comportarse en esta situación. Mi madre soltó a llorar y fue mi hermano quien la abrazó, aún era demasiado pronto, la herida aún estaba fresca. Yo quise llorar, pero no podía: los ojos de los muertos están secos por completo. Pasé junto a cada uno de ellos y los rocé, tratando de reconfortarlos.
Tras el impacto inicial de ver a mi familia por primera vez desde que morí, recordé que buscaba a mi viudo. No quería dejar a mi familia tan pronto, pero tampoco quería agotar mi tiempo sin ver a Joel. Me despedí de todos, pero el único que pareció escucharme fue el gato: torció la oreja en mi dirección pero no movió un solo músculo. Típico de él. Empecé a recorrer otro camino que partía de mi persona. Vagamente reconocí las calles cercanas a la casa de mi mamá, los lugares se sentían tan borrosos como en un sueño y de igual manera se convertían en otros rápidamente. Fue así que llegué a mi segundo destino, la casa de Adriana. Mi amiga dormía, sobre su mesa había un vaso de whisky y una foto de las dos juntas. Me enterneció su gesto, un espasmo de dolor se alejó en lo que era mi corazón. Pero seguí andando.
Otro rayo de luz me llevó al departamento de Mariano, un compañero del trabajo. Me sorprendió encontrarlo a él, nunca hubiera imaginado que me diera tal importancia. Cenaba con su familia, varias pequeñas ofrendas a amigos, familiares y mascotas adornaban una mesa larga, cubierta con flor de cempaxúchitl. Recordé aquellas tardes de jueves, al salir de la oficina, cuando Mariano y yo íbamos con otros colegas a tomar margaritas. Buenos tiempos.
Mi siguiente parada me llevó a casa de mis tíos. Ellos no estaban, seguramente habrían visitado a alguno de mis primos, mas la veladora junto a mi retrato ardía de manera apasionada. Al pie de la misma, una caja de chocolates belgas, de los que me regalaban cada año y que tanto me gustaban. Al pasar lo que solía ser mi mano a través de ellos, mi otrora boca se llenó con su sabor. Cerré los ojos para atesorarlo en mi memoria.
Extrañada, noté que el resto de mis senderos no brillaban tanto como los ya recorridos: correspondían a personas que pensaban en mí pero con menos energía. ¿Y Joel? Decidí poner en práctica una de las lecciones de papá: concentrarme en la punta de un camino que salía de mi pecho y cerrar los ojos para desplazarme hasta el otro lado en un parpadeo. Así revisé el resto de mis pasajes, visitando a seres queridos que me sostenían duelo. Amigos de la escuela, más familiares, antiguos novios, viejos enemigos. En algunos casos mi sorpresa fue grande. Pero nada de Joel.
Mi padre me dijo que también podemos desprendernos de la maraña de luz que sale de nosotros y avanzar por nuestra cuenta, aunque podemos desorientarnos. Decidí intentarlo. Regresé en un parpadeo a la casa materna, tomé un destello de esa misma luz con mi puño y empecé a desplazarme, derramando el resplandor sobre las calles llenas de hojas secas. La casa que compartí con Joel estaba cerca y, a pesar de las dificultades de no contar con un cuerpo, no sería demasiado complicado encontrarla. Llegué, todo estaba a oscuras. ¿Habría salido? Atravesé la puerta y subí a la habitación. Dormía tranquilamente, estaba solo. Al parecer prefirió olvidar para no sentir el dolor. Devastada, me desprendí de la centella en mi mano, la cual se disolvió lentamente y me dejó sumida en total oscuridad. Me quedaba poco tiempo, pero ya no sentía ganas de moverme. Incluso contemplé la posibilidad de quedarme a atormentarlo, o simplemente a acompañarlo en todas sus actividades. Pero entonces recordé a todos los demás: los que me recordaron ese día y los que me esperaban a mi regreso a la Noche Oscura, con quienes podría compartir impresiones y anhelos.
Me incliné sobre su rostro y besé sus labios: se movió entre sueños, retrocedió un poco pero después sonrió. Con eso me bastó. Cerré mis ojos y me concentré en el umbral. Con mis energías restantes di un salto y volví al pie de mi tumba, donde vi que el cielo ya empezaba a clarear. Di media vuelta y regresé.
Faltan pocas horas para que empiece el Día de Vivos. Siempre es emocionante descubrir quién pensó en mí cada año: algunos son constantes y otros no, pero siempre hay sorpresas. Incluso Joel se acuerda de mí de vez en cuando. Llevo conmigo los recuerdos, los sueños y la melancolía que les dejaré, a cambio de los sabores, los olores y la compañía. El sol se está poniendo. No puedo esperar a verlos nuevamente.

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