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sábado, 1 de octubre de 2011

Aire


AIRE

por Adrián "Pok" Manero

Siempre le habían gustado las cosas difíciles y las causas perdidas. En el pasado se había dedicado a faenas tales como embotellar relámpagos y cazar estrellas fugaces, pero esta vez se excedió: se enamoró de una mujer compuesta de aire.

La conoció a finales de la primavera, durante una visita a su casa de campo. Ella quedó prendada con sólo verlo y decidió acercarse a él; rozó su mejilla con timidez y susurró un saludo en su oído. La primera reacción de él fue sobresaltarse, mas al sentir la calidez de la brisa se tranquilizó. La conversación fue espontánea y fluida, sus mentes iban por el mismo camino y a la misma velocidad. Al terminar el fin de semana, ella decidió acompañarlo a la ciudad. Voló a la par de su automóvil, entrando y saliendo por la ventana, acariciándolo.
El verano transcurrió con rapidez, las horas huían presurosas cuando estaban juntos. El amor que vivieron e hicieron llenó sus vidas de felicidad. No había futuro para ellos, sólo el aquí y el ahora. No obstante, con la llegada de octubre las cosas cambiaron.
Ella se volvió fría, como un prematuro céfiro de invierno. Como todos los vientos, resultó ser cambiante, inconstante. A pesar de que el hombre pasaba más y más tiempo con ella la percibía cada vez más distante, sentía cómo se filtraba entre sus dedos sin que pudiera hacer nada. Él presintió que lo abandonaría e intentó retenerla por la fuerza: fabricó una máquina en la cual buscó aprisionarla. La atrajo con engaños, la hizo entrar por la escotilla. Cuando ya estaba casi por completo en el interior, volteó y notó el brillo de la avaricia en los ojos de él. Fue demasiado tarde, el mecanismo había sido activado. Viéndose capturada en el oscuro recinto, se expandió hasta ocupar todo el espacio, pero no encontró grieta alguna. No había salida.
Inmediatamente después de cerrar la portezuela y levantar la palanca de encendido, él supo que había cometido un error. El eco de los gritos de su amada reafirmó el sentimiento. Sintiéndose miserable, sabiendo que aún conservándola la había perdido para siempre, dio media vuelta y dejó la habitación.

La pasión que había sentido por su enamorada arde ahora en la hoguera de sus pensamientos junto con los átomos de oxígeno que formaban parte de ella. A pesar de que su llanto dejó de escucharse hace varios minutos, aún reverbera en la memoria. La pira ilumina el rostro del hombre. Las llamas se reflejan en sus ojos vidriosos, se alzan y toman la forma de una silueta femenina. Entonces él escucha una dulce y seductora voz, que lo invita a dejar atrás sus memorias y dar un paso hacia el calor, hacia el olvido.

EL TUERTO

Elena Alvarado.

¡Hijo, hijo, hijo! Fue lo que mi madre grito cuando nací y el doctor le dijo que no tenía un ojo y que mis cuerdas vocales no se habían desarrollado, por ende, yo era tuerto y mudo.

A la edad de cuatro años me dijeron que no podía entrar a la educación básica, que necesitaba una escuela especial, pero eso no podía pasar, ya que mi madre era empleada de limpieza y su salario sólo alcanzaba para mal comer y mal vestir.

Lo malo de ser el hermano de en medio es que nadie sabe que existes. A pesar de mis dificultades, no era especial. Mi hermana la mayor siempre sacó buenas calificaciones en la escuela, por eso toda la familia la quería y mi hermano el menor, era el consentido de todos; aunque medio bruto, no importaba ya que era el chiquito y a todos causaba ternura.

Mamá nos quería a todos... pero a mí más, bueno, eso creo. El primer regalo que me dio fue un abaco, ¡era genial! Me encantaba los colores… los números son perfectos: no tienen sonido, ni faltas de ortografía, ni mayúsculas, ni minúsculas, ni tienen idioma. Son los mismos aquí y en China… jamás se equivocan y en todos lados están presentes.

Esos me los enseñaba la señora Lucha que en sus buenos tiempos fue una gran maestra, y ya jubilada ayudaba a los niños de las vecinas con sus tareas. Lo malo es que hacía muchos gestos y señas obscenas, supongo que no le agradaba la educación de nuestros tiempos. Ella era la única que me tenía paciencia, por desgracia murió, su mala memoria le falló y una noche se le olvidó respirar y ahí quedó. Hasta ahí me quedé en los números.

Toda mi niñez me la pasé pegado a casa, jugando, corriendo, doblando ropa que mamá tendía antes de ir al trabajo, pintando con mis colores americanos que me trajo “El chori” de Estados Unidos cuando Se fue de mojado pero lo deportaron y eso fue lo único que pudo esconder. Volvió a intentarlo murió ahogado junto con la promesa de otros colores. El tiempo, me dijo que nada es eterno y los colores se acabaron y dejé de dibujar.

A los ocho ya hacía mandados a todas las vecinas, desde ir por refrescos, las tortillas, los cigarros, las quesadillas, a la farmacia y hasta ir a pagar el teléfono y eso que estaba a más de ocho cuadras de la casa. Con eso me ganaba unos cuantos pesos que me servían para comprar lo que todo niño ama a esa edad, dulces.

A los 13 mi gusto por la música fue enorme pero el dinero era escaso… por las tardes mi amigo Salvador me enseñaba a interpretar canciones sencillas, si de algo he de presumir es de mi buena memoria eso permitió aprender rápido lo que él me enseñaba. Jamás me cobró un centavo, pero le pagaba llevando su ropa a la tintorería.

Todo iba bien en las lecciones hasta que don Beto, el papá de Salvador, una noche muy borracho le sorrajó la guitarra en la cabeza y la destrozó toda. Mi amigo enfureció de dolor y coraje, tomó sus cosas y se fue. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

En diciembre, cuando iba rumbo a la peregrinación anual hacia la villa, para ir a ver a la virgen de Guadalupe, me acorde de mi madre, de cómo me decía “no te sueltes, no te vayas a perder y fíjate al cruzar la calle”.

Mamá murió cuando a ella no le funcionó el oído y no escuchó el camión que le pasó encima. Qué ironías de la vida, eso es lo único que me funciona a la perfección.

Ya rezando frente al altar, viendo a la madre de Dios, su hermosura, su nariz perfecta, su boca pequeña, su piel intacta por los rayos del sol, los ojos perfectos. Recordé que no soy guapo, supongo que es la verdad. Mi mamá nunca me lo dijo. Tal vez por eso la virgen no me hace los milagros que le pido, no soy como ella.

Así que si he de pedirle un favor a Dios o al Diablo prefiero pedírselo al Diablo. él sólo pide mi alma y ya. Pero si se lo pido a Dios, además de mi alma darle, quiere que me porte bien toda la vida, con mi familia y con mis semejantes.

Eso me da más flojera que nada más entregar el alma, además, eso de irme al Infierno no me da miedo, no creo que haya peor castigo que vivir en este mundo, allá estaré con seres horribles, comparado con ellos seré el guapo y tal vez me escuchen.

LA MAÑANA DE LUIS

Por: Octavio Pérez Sánchez

Luis estaba harto. Por donde miraba su vida era un caos. Se encontraba desempleado, descorazonado, y sólo las largas caminatas matutinas con su amigo Armando le ayudaban a despejarse. En uno de dichos paseos, en el que Luis hablaba sin parar de sus problemas y Armando lo escuchaba mientras miraba el piso, el segundo vio un billete de doscientos pesos en el piso y lo recogió inmediatamente.
– ¡No se vale! Tú no lo necesitas –dijo Luis.
–Ni modo.
Luis siguió quejándose de su suerte a la vez que doblaban la esquina. Entonces una mujer muy guapa se cruzó en su camino y le arrojó una mirada seductora a Armando.
–Hoy es un buen día –dijo Armando, sonriendo mientras seguía a la mujer con la mirada. Luis lo miró con envidia, deseando que le hubiera tocado a él.
–Al menos le hubieras...
Luis fue interrumpido por el celular de Armando, que empezó a sonar. Armando miró el mensaje y sonrió.
–Es de Vicky, ¡quiere verme!
– ¿Qué no tenía novio?
–Al parecer ya no.
–Maldito suertudo –dijo Luis –. Normalmente me caes bien pero hoy me cagas.
Armando no pudo hacer más que reír. Sabía de la pobre situación de su amigo pero eso no le impedía disfrutar de su suerte. Entonces, mientras caminaban, Armando tropezó ligeramente con la raíz de un árbol.
–Ja, ya sabía yo que algo malo te tenía que pasar.