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domingo, 1 de enero de 2012

LA CREACIÓN

LA CREACIÓN
Miguel Lupián


La luna colgaba como una naranja madura del cielo inmaculado. Un perro enclenque hurgaba en los restos de la vendimia matutina algo para comer. El viento húmedo y salado agitaba las ramas, casi vencidas por el peso de los cuervos dormidos, del único árbol. Un mariachi caminaba arrastrando su trompeta por el suelo adoquinado de la plazuela.

Hacía horas que, sentado en una silla plegable en medio del kiosco, Euclides contemplaba la escena. Depresión, ira y deformidad se fundían en su rostro. La palabra monstruo retumbaba en su pequeña cabeza. Una piedra angulada de ónix verde apareció en su mano izquierda. La enterró de un solo movimiento en el centro del trígono azul tatuado en su antebrazo derecho. Desgarró el músculo hasta llegar al hueso. Las hormigas se ahogaron en la savia derramada.

Un seco y estruendoso “¡No!” partió la noche acompañado por una ola de calor. El kiosco ardió, el árbol se chamuscó, la trompeta se fundió, el perro desapareció.

Howard se levantó de prisa en busca de un extintor, pero ya sólo quedaban cenizas. Resignado, cogió otra hoja en blanco, la colocó en la máquina de escribir e inició de nuevo.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TESTAMENTO

TESTAMENTO
Miguel Antonio Lupián Soto

El anciano cerró con seguro la habitación. Buscó la maleta que había escondido en el ropero. Fotografías en sepia de su esposa, hijos y nietos; su libro favorito; el viejo estuche de herramientas. Arrancó las hojas del libro. Las hizo añicos. Las tijeras cortaron en trozos las fotografías, mechones de su pelo cano. Se quitó los zapatos, los calcetines. Las pinzas desprendieron las uñas de sus pies. El escalpelo cercenó el dedo meñique de su mano izquierda. Retiró la piel, extrajo el hueso. Lo golpeó con el martillo hasta convertirlo en polvo. Sacó la bacinica de debajo de la cama. Orinó en ella. Agregó los ingredientes. Los mezcló hasta obtener una pulpa cremosa. Dejó la bacinica junto a la ventana. Durmió todo el día. Por la noche arrancó el mosquitero de la ventana. Vació sobre él la mezcla. La extendió formando una hoja. Volvió a dormir mientras los restos de líquido escurrían. Al despertar introdujo la jeringa en su brazo. Llenó la taza con su sangre. Separó la hoja del mosquitero. Mojó la pluma en la sangre. Escribió su testamento.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

EN CASA

EN CASA
Miguel Antonio Lupián Soto


Despiertas boqueando y empapado en sudor. Tus ojos van de izquierda a derecha y viceversa. Los recuerdos se agolpan en tu mente: los cuervos vestidos de niños jugando en el papel tapiz de las paredes, los pegotes fosforescentes simulando constelaciones en el techo, la bandera pirata estampada en la colcha… Estás en casa.

Te levantas y el crujido de los tablones del piso retumba en tus entrañas exactamente igual que cuando te levantabas a medianoche y corrías aterrado al cuarto de mamá gritando que había un monstruo debajo de la cama.

Te agachas, aún temeroso, y encuentras a El Santo con sus mallas plateadas, torso desnudo, brazos en posición de agarre y capa ondulante: el mejor remedio que encontró mamá para ahuyentar a los monstruos nocturnos.

Caminas de puntitas para no molestar el sueño de quién sabe quién. Llegas al ropero y te esfuerzas para deslizar la puerta izquierda que siempre se trababa: overoles, camisas, pantalones. Coges una chamarra gris de mangas azules. Te la pones recordando la desilusión que sentiste al encontrarla en lugar de la patineta que pediste para tu séptimo cumpleaños. Te plantas frente al espejo que cuelga de la puerta del baño: la imagen reflejada te parece una versión genérica del monstruo de Frankenstein. Sacudes la tierra de tu cabeza pero no puedes hacer lo mismo con las cicatrices de tu rostro.

Rodeas la cama y te acercas a la ventana. Tus botas sucias descansan a su pie. El cancel blanco corrido y el mosquitero arrancado te recuerdan que por ahí entraste. Llenas tus pulmones con el olor fresco de la noche y del limón que durante muchos años fue el semillero de tus peores pesadillas.

Sonríes al saborear las lágrimas que se estancan en tu boca. Ha terminado el viaje: es momento de descansar. Regresas a la cama y te acuestas en posición fetal. Tarareas una canción de cuna y tus ojos se cierran lentamente mientras la oscuridad envuelve el último monumento a la vida: tu casa.