jueves, 23 de febrero de 2012

El Demiurgo

Ilustración: "The Ancient of days", de William Blake.


El Demiurgo

por Adrián "Pok" Manero 

Sintiéndose solo, la imaginó.
Mas como para Él pensamiento y acción son simultáneos, al imaginarla la creó. La pensó con defectos, pues la perfección se encuentra en los pequeños detalles: el diente ligeramente chueco, las estrías, el lunar de gran tamaño en la parte baja de su espalda, el ligero tic nervioso de llevarse la mano al collar constantemente.
Como el ser humano nunca es lo que es sin su entorno, imaginó un mundo en rededor suyo. Imaginó a su familia, a sus amigos, conocidos, gente que vivía cerca de ella. Y después creó al resto del mundo, los miles de millones de habitantes del nuevo planeta, con todas sus civilizaciones y culturas, sus guerras y decadencias. Al mismo tiempo hizo el orbe mismo, con su vegetación y su fauna, diseñando las intrincadas conectividades que unen cada parte de manera sutil y a veces imperceptible. Creó los elementos, las distintas formas de materia y energía.
Para darle mayor dimensión y propósito a cada una de estas vidas, forjó el resto del universo, con todas sus galaxias y misterios, con la incertidumbre de otras formas de vidas a las cuales tardarían en conocer y la posibilidad de grandeza. También reflejó este nivel de complejidad en la dirección opuesta, trazando un mapa inescrutable de laberintos microscópicos poblados de seres igualmente tenaces. Como es arriba es abajo.
Por último, escribió la historia de su creación, de principio a fin, incluyendo la vida de su amada. Situado desde fuera, El podía contemplar todo el tiempo como un solo momento. Enfocándose en ella, vio simultáneamente su nacimiento, sus años de formación, su felicidad y su tristeza y el momento de su muerte. Con particular gozo compartió con ella sus momentos de gran fe, cuando estuvo más unida a El. Pero también le dio libre albedrío, permitiéndole dudar de su existencia. Como parte de su historia individual, atravesó por momentos oscuros, reclamó con amargura por las pérdidas sufridas y renunció a su Creador. Tuvo muchos amores terrenales y terminó olvidando aquel lazo que sentía con la Divinidad. Su camino la llevó a morir en la edad madura, impidiéndole recuperar la espiritualidad que viene con el ocaso de la vida. En sus últimos momentos, su ser se vio permeado por un sentimiento de añoranza por la inocencia de la infancia, sin saber que ésta misma se derivaba de su relación con Él.
Al final, ella lo amó y lo abandonó, ignorante de que cada hecho en su vida había sido planeado para hacerla lo que fue, de tal modo que el menor ajuste la habría convertido en una persona completamente distinta.
Apartando su atención del novel universo, volvió a centrarse en sí mismo. Permanece inmóvil, rodeado por los otros universos que ha creado, en espera del inexorable regreso de la melancolía.

martes, 14 de febrero de 2012

Maurits Cornelis y la escalera de Möbius.


Rodolfo García Portillo.



 “Debo agregar que el símbolo cíclico dibujado en su espalda le agregaba una pizca de humor a la situación...

...estaba allí, escalando a toda velocidad, de torso desnudo y con una enorme melena danzante y fatídica...

...Maurits Cornelis corría desesperadamente, solitario, hundido en los efectos de la ceguera, un producto de su propia ambición. Las campanadas del reloj en la torre se prestaban como una intermitencia de la luz, que sumergida en la alfombra, chapoteaba arrebatando hilos a los peldaños carmesí de la escalera en espiral. Feroces fantasmas de fauces brillantes, engalanados con prismas de luz negra, pinchaban su corteza, acababan con su piel. El hombre intentaba sacudir  todo aquello que molestaba a su abatido torso, buscando sanar cicatrices de incierta antigüedad. Sus pies no se detenían: cada paso representaba una amenaza para el siguiente. Cuentan los sabios que para él, transitar la escalera de Möbius encarnaba la resurrección.

Corrió sin cesar, dejando a los años colarse por su piel, derritiéndola, anulando su coraza de cuarzo. Imitando sus movimientos con cierto retraso, los fantasmas pausaban su marcha con tal de dejarle ventaja. En ocasiones lo hicieron, burlones, durante periodos hoy remotos. Aquellos lo miraban elevados, con desdén. Sus monóculos plasmáticos y artilugios oscuros, invocaban demonios invisibles que impedían el paso del joven Maurits. Rugiendo alaridos que hacían eco en sus oídos, los fantasmas le lanzaron piedras preciosas. El joven asustado corrió más aprisa, cubriéndose la cara ante la tempestad. La presencia de los fantasmas era ahora inminente. Lo habían alcanzado. La batalla estaba perdida, no tenía caso escalar más...
...fue entonces cuando detuvo su andar. Se hincó con un gesto cansado. Secó el sudor de su frente, se cogió la cabeza y entrelazó los dedos por detrás de su nuca. Su espalda punzante chorreaba dolor escarlata. El hombre se dejó caer, allí, de frente a la escalera aun caliente. Quebrando su propia calma, Maurits Cornelis se echó a reír como un demente hasta que el llanto lo alcanzó. Retiró una lágrima de sus pestañas y la vio resbalar lenta por su dedo. Con un estallido multiforme al llegar contra el piso, aquella lágrima lo hizo comprender...

...su ambiciosa empresa había terminado.”

BUFANDA

-Elena Alvarado.


Afuera el día estaba atroz, el termómetro marca cero grados. Para los demás una chamarra es lo suficiente para salir a sus labores. Para mí era peor que andar desnudo en el Polo Norte.


Comienzo mi ritual: una playera de manga larga, un pantalón ambos térmicos, continuo, con otro de franela, un chaleco de algodón, suéter de lana, una chamarra de plumas de ganso y al final un abrigo grande lo suficiente para poder entrar con las prendas anteriores. Después me pongo dos pares de guantes, un gorro y para terminar una bufanda y estoy listo para salir.


Mis amigos, familia y gente se burlan de mí. En el trabajo todos lucen sus mejores prendas de invierno pero yo parezco retrato siempre lo mismo.


No es mi culpa, no exagero, ni soy paranoico u obsesivo, es sólo que mi termostato esta averiado. Esto me dijo el doctor en mi última visita.


El frío en mi cuerpo es como si me clavaran cientos de alfileres por debajo de la piel. En cada ráfaga del viento estos alfileres se hunden más atravesando por cada músculo, vena, articulación, ligamento y así hasta llegar al hueso.


El dolor es insoportable las cremas, ungüentos y medicamentos analgésicos no ayudan en nada, pero los sigo usando con la esperanza de obtener algún resultado.


No me importa si me da pulmonía o neumonía, sino que este dolor sea para toda la vida.


El noticiero dijo que este sería uno de los inviernos más crudos de la historia de la humanidad.


Anoche el frió era intenso, subí el calentador en su máxima potencia pero, no sirvió, el ruido que genera este aparato sólo sirve para quitar el sueño. Me levante de la cama y fui directo a la ventana para ver la luna, fue en ese momento que le pedí a Dios que me ayudara a no sufrir mas este dolor.


Al la tarde siguiente cuando caminaba de regreso a casa me detuve para cruzar la calle y le pedí a Dios una señal de su amor. Entonces paso una camioneta que en la parte de atrás decía “El amor que Dios te tiene es grande e inmenso”


Llegando a casa junto a la puerta se encontraba una caja blanca. La abrí había una bufanda verde, nada extraordinaria, pero el estambre era raro. Se sentía como una nube ligera y suave, me la puse con las demás prendas. Pero algo paso comenzó a darme calor. Todo mi cuerpo sudaba. Se llenaba de un fuego abrazador con el cual sentí como destruyo cada alfiler.


Ya no sentía dolor en mis huesos. Mi sonrisa iluminó toda mi alma.


Salí a la calle, conforme caminaba me fui quitando mis prendas hasta quedarme en pantalón, playera, tenis y la bufanda verde.


Estaba feliz. Esa noche la ciudad, se cubrió de blanco. Al día siguiente todos evitaban salir a la calle y los que lo hacían ahora usaban mi ritual.



sábado, 4 de febrero de 2012

Corazón por Olimpia Barreiro


Deseaba como nadie tocar el violín, y cuando se agasajaba de conciertos su sonrisa resplandecía.
Justamente el de su director favorito era el que estaba viendo. Tocando la orquesta completa  el “Danubio azul”; no sabía que le gustaban más si las cuerdas, si la mágica voz de los sopranos o tenores, si el piano, si las flautas.
Pero había un sonido que le llamaba la atención mientras abrazaba a su acompañante oía un mejor sonido que jamás había escuchado antes a pesar de que tenía experiencia en la música.
Era una especie de tambor con ciertos silencios, cuando volteo a verlo vio que provenía de el, y que jamás quería que se alejará.

                                                    DEDICADO A ROBERTO GAMA

lunes, 16 de enero de 2012

Ritual


Ritual

por Adrián “Pok” Manero

El fuego arde y consume los objetos que lo representan: el mechón de cabello de su esposa, las fotografías de su hija, las cartas, los rollos de película, sus libros favoritos, su mochila, su cobertor, la rama del árbol en su jardín, sus documentos. La llamarada que se levanta tras agregar este combustible ilumina y calienta la noche en el desierto del Sahara.
            Nunca le había gustado que le leyeran el futuro. Cuando llegaba a toparse con algún vidente o adivinador, le pedía de la manera más atenta que se omitiera de darle cualquier tipo de vaticinio, ya fuera adverso o favorecedor. Se contentaba con enfrentar al futuro un día a la vez, sin anticiparse a las cosas. Definitivamente no era de los que leen la última página antes de terminar, y le molestaba que alguien le revelara el giro en una historia. Fue por eso que reaccionó tan agresivamente ante la pitonisa impertinente que le anunció la fecha de su muerte meses atrás, al grado de haberla arrojado al suelo de un empujón. Tuvo que ser sujetado por sus acompañantes para no abalanzarse sobre ella.
            La noche desértica lo rodea mientras sigue arrojando objetos a la hoguera, quemando con ellos sus memorias. Metódicamente destruye toda evidencia de quien fue, al tiempo que revive una y otra vez la serie de sucesos que lo llevaron hasta donde está ahora.
Recuerda sus intentos de no darle importancia a la premonición. Continuó con sus proyectos y con su vida familiar, pero la sombra del futuro no lo dejaba en paz, oscurecía cada hora que pasaba despierto. Empezó a pelear frecuentemente con su esposa, estaba irritable todo el tiempo y no podía evitar descargar su furia de manera velada sobre ella. Trató de explicarle el temor que inundaba su mente, pero no lo entendió. Le dijo que no podía tomar en serio los delirios de una vieja loca e hizo lo posible por hacerlo sentir mejor. Él sonrió y le dijo que ya estaba bien, pero en el fondo presentía que ya nunca volvería a estarlo.
Las llamas se alzan en la oscuridad, chispas de luz flotan en el aire e interpretan una danza tan frágil e implacable como el destino. Tras reducir a cenizas sus recuerdos, procede a destruir sus pertenencias. Rompe su ropa en jirones y los arroja a la fogata. También sus anteojos, su calzado, su billetera con todo el dinero que le queda, su reloj, su teléfono, su boina.
            Tras unas semanas se tranquilizó un poco y sintió que podría volver a la normalidad. Fue entonces cuando sufrió el micro infarto. En el hospital le dijeron que no era nada grave, que solamente tuviera más cuidado con su dieta y sus actividades, pero él tuvo una revelación: el presagio debía cumplirse. No había otra alternativa. Sabía que su mente no descansaría hasta que la cita fatídica no se concertara y si intentaba postergarla o evitarla sólo empeoraría las cosas. Tenía que aceptar su condición voluntariamente, de lo contrario podría incluso poner en riesgo a sus seres queridos. Le costó trabajo tomar la decisión, pero una vez que lo hizo supo instintivamente que era lo correcto.
Ahora el fuego empieza a menguar, así que lo aviva y pone más  leña. Con las tijeras que cargaba en su mochila corta su largo cabello y lo arroja poco a poco para que también sea absorbido por el ardiente agente de la redención.
Sólo a sus amigos más cercanos y a su mujer les dijo la verdad. Sabía que no lo comprenderían y que intentarían disuadirlo, pero se resignaron al ver su adamante determinación. Su esposa se enojó en un principio y se negaba a hablarle, se encerró en el baño y tal vez hubiera permanecido ahí hasta que él se fuera, pero no podía dejarlo ir sin despedirse. Con lágrimas secas enmarcando su rostro regresó con los demás y permaneció con ellos hasta que el último invitado dejó la casa. Luego miró fijamente a su marido por varios minutos, inmóvil, hasta que se dio media vuelta y fue a su habitación. Acostada en su cama, con los ojos abiertos, escuchó la puerta de la casa cerrarse tras de él.
Mientas el calor acaricia su faz, empuña en su mano derecha el cuchillo y con la izquierda sujeta una larga rama. Empieza a trabajar en ella, cortando las salientes, alisando su superficie. Una tela blanca como lienzo yace a su lado, apenas visible en la oscuridad que parece amenazar con devorarlo a él y apagar la luz que se llevó sus vestigios.
Le fue imposible decir adiós a sus padres. Fue a cenar con ellos pero no tuvo el corazón para decirles lo que se proponía hacer. Les mintió hablando de planes futuros, empresas que nunca verían fruto y que ya había abandonado. Inventó próximos viajes familiares y visitas en los siguientes meses. Simplemente no tuvo la entereza necesaria. Al marcharse, abrazó a cada uno fuertemente, de modo que intuyeron que había algo más motivando esta reunión, pero tampoco ellos se atrevieron a preguntar. Una vez que dejó la casa de su infancia, tomó las pertenencias que había seleccionado cuidadosamente y depositado en su mochila, sacó de ésta el boleto de avión hacia África y se encaminó al aeropuerto.
Por último, retiró la bolsa de hielos de sus genitales y la puso a un lado. Con el bisturí cortó con cautela hasta desprenderse de su hombría. Arrojó su miembro al fuego y con la sangre pintó líneas horizontales en sus mejillas. Tomó el cuchillo, lo calentó en la hoguera y, con la hoja candente, cauterizó la herida en su entrepierna. El dolor le hizo perder el conocimiento y cayó de espaldas frente a la trepidante pira.

Los primeros rayos del sol lo hicieron despertar. Las brasas apenas emitían calor, el fuego había muerto junto con él. Cubrió su cuerpo con la túnica blanca y tomando el báculo que labró la noche anterior comenzó a caminar hacia su porvenir. Ahora que todo aquello que lo identificaba como Carlos había desaparecido, estaba listo para ser alguien más, algo más.

domingo, 1 de enero de 2012

LA CREACIÓN

LA CREACIÓN
Miguel Lupián


La luna colgaba como una naranja madura del cielo inmaculado. Un perro enclenque hurgaba en los restos de la vendimia matutina algo para comer. El viento húmedo y salado agitaba las ramas, casi vencidas por el peso de los cuervos dormidos, del único árbol. Un mariachi caminaba arrastrando su trompeta por el suelo adoquinado de la plazuela.

Hacía horas que, sentado en una silla plegable en medio del kiosco, Euclides contemplaba la escena. Depresión, ira y deformidad se fundían en su rostro. La palabra monstruo retumbaba en su pequeña cabeza. Una piedra angulada de ónix verde apareció en su mano izquierda. La enterró de un solo movimiento en el centro del trígono azul tatuado en su antebrazo derecho. Desgarró el músculo hasta llegar al hueso. Las hormigas se ahogaron en la savia derramada.

Un seco y estruendoso “¡No!” partió la noche acompañado por una ola de calor. El kiosco ardió, el árbol se chamuscó, la trompeta se fundió, el perro desapareció.

Howard se levantó de prisa en busca de un extintor, pero ya sólo quedaban cenizas. Resignado, cogió otra hoja en blanco, la colocó en la máquina de escribir e inició de nuevo.

LLUVIA.



- Elena Alvarado

No supe detenerme esta vez, te pegué hasta que mis puños reventaron de dolor. No es mi culpa, te juro que no. Esta vida de mierda no ayuda en nada. Me ganan los pensamientos, los impulsos, los complejos. No sé pedir perdón. Toca mi cara. El llanto ya traspasó mi piel, por eso tengo tantas
cicatrices. No dudes que te amo, pero tal vez sea hora de que encuentres a
alguien mejor. No la basura que soy.

Fue lo que escribió Iker en la nota que dejó junto a la cafetera. Amada no la vio, tenía el ojo derecho cerrado. Esa noche el meteorológico pronosticó una lluvia poco usual, una en
donde Amada sería feliz por primera vez en la vida. Miró por la ventana esperando se nublara y se apagara el sol. El reloj marcan las seis. Falta una hora para que llegué la bestia.

La masacró por años, con golpes, insultos, groserías, y lo único que supo hacer ella fue quedarse a su lado y serle fiel. Hoy todo cambiará. Los truenos se escucharon. Las primeras gotas empezaron a caer, eran leves, como brisa de ángel. Amada corrió a ponerse el vestido verde olivo que le regaló su madre en su cumpleaños número veinte tres y con el cual parecía una princesa. La lluvia arreció hasta convertirse en una tormenta perfecta. Ella se paró en la puerta de la casa con la mirada fija en dirección a Iker. Éste apareció en su flamante auto rojo, pero al bajarse de éste y poner su pie en el pavimento se percató de que algo raro pasaba. Todo se empezaba a derretir. Corrió a la casa, pero Amada le cerró la puerta. Iker golpeó, suplicó y se humilló para que lo dejara entrar, pero el ácido cubrió su cuerpo y le impidió seguir gritando. El dolor traspasó la piel y los huesos. De él sólo quedó el recuerdo. Eso dijo Amada a todos lo que preguntaban por Iker.


Amaneció, salió de casa con una bolsa hermosa que hacia juego con su vestido. Afuera todo era caos, pero Amada sonrió tan maravilloso que opacó al sol para siempre.

HIEL por Olimpia Barreiro


Me sentía como si necesitara dos narices, pues una ya no bastaba para llenar mis pulmones de aire incluso con el respirador artificial. Después de sacar a mi hijo del cuarto, la doctora me permitió hablar con él. Me alcancé a despedir y a darle la bendición, y le juré que iba a estar bien.

No pude más, no vi el túnel negro que tenía al final una luz, estaba preparada para él, pero no lo vi. Pasé por una espiral de recuerdos y de momentos en el área donde trataban de reanimarme.

Vi el nacer de mi hijo, mi boda, el parque donde jugaba de pequeña, el beso con mi primer novio, la muerte de mi padre,  el aborto que tuve por aquella pelea con mi marido, las campanas sonando para apurarme a ir a la iglesia, mi madre haciendo los huazontles que tanto me gustaban. Todos estos recuerdos inmersos en ese veloz remolino que me dejaba ver el resumen de mi vida.

Después de esto volví al quirófano: veía mi cuerpo. Era como un ser de éter que flotaba.

Veía a todos llenos de lágrimas y quería decirles: Sigo aquí, no se den por vencidos. ¡No lloren! Era absurdo gritar, yo era la única que me escuchaba. ¿Cómo era posible de cincuenta y dos años? Mi madre seguía viva,  la mujer de mi hijo estaba esperando a mi nieto, no lo iba a lograr conocer, no podría tocarlo, y no aguanto más, mis lágrimas son como hiel, ya no duelen ni pesan. Estoy sola en este limbo.

En el momento justo que logré dominar mi nuevo cuerpo, algo me absorbió.
Subí rápidamente miles de metros. Estaban esperándome todos. Fue una gran recepción, estaban todos a los que les lloré y los que no quise. Estaban  formados en media luna y yo era el centro de atención.

Desde aquí podré verlos ¿verdad?. De vez en cuando verán mis señales, les preguntaba a todos, pero sólo me contestaban moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Un gran no.

Mi tío me abrazó y dijo: Déjalos ir, es tu momento. Este es el inicio.
 ¡Ja! Tenía que olvidar mi existencia.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TESTAMENTO

TESTAMENTO
Miguel Antonio Lupián Soto

El anciano cerró con seguro la habitación. Buscó la maleta que había escondido en el ropero. Fotografías en sepia de su esposa, hijos y nietos; su libro favorito; el viejo estuche de herramientas. Arrancó las hojas del libro. Las hizo añicos. Las tijeras cortaron en trozos las fotografías, mechones de su pelo cano. Se quitó los zapatos, los calcetines. Las pinzas desprendieron las uñas de sus pies. El escalpelo cercenó el dedo meñique de su mano izquierda. Retiró la piel, extrajo el hueso. Lo golpeó con el martillo hasta convertirlo en polvo. Sacó la bacinica de debajo de la cama. Orinó en ella. Agregó los ingredientes. Los mezcló hasta obtener una pulpa cremosa. Dejó la bacinica junto a la ventana. Durmió todo el día. Por la noche arrancó el mosquitero de la ventana. Vació sobre él la mezcla. La extendió formando una hoja. Volvió a dormir mientras los restos de líquido escurrían. Al despertar introdujo la jeringa en su brazo. Llenó la taza con su sangre. Separó la hoja del mosquitero. Mojó la pluma en la sangre. Escribió su testamento.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El Dios Celoso

No penséis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz sino espada;
- porque vine a separar al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre, y la nuera contra su suegra.
 - Y los enemigos del hombre serán los de su casa.
(San Mateo, cap. X, v. 34, 35 y 36).

Podría pensarse que él tuvo una revelación, él mismo no supo claramente cómo llegó a este estado, lo que sí sabía es que él lo buscó, buscó algo en lo profundo de su ser y encontró esto. Fue un descubrimiento, algo que siempre estuvo ahí  pero sólo hasta ese momento se dio cuenta, meditó y reflexionó mucho, abrió los ojos y de pronto se asustó por que sintió a Dios.

Santiago es el hombre del que hablamos, acababa de cumplir 30 años en noviembre, fue también en este mes cuando aconteció su gran descubrimiento, descubrimiento muy personal  en forma de secreto. Por eso usted lector no sabrá exactamente lo que Dios le dijo a Santiago, es algo sólo entre ellos dos, nosotros sólo podremos ser testigos desde afuera imaginando las reacciones de este hombre que tal vez a nuestros ojos sean las mismas que las de un  “loco”.

Los que conocían a Santiago lo consideraban una persona confiable,  de carácter triste pero muy estable y nada impulsivo. Era pianista, los problemas que tuvo con esta profesión se acababan y empezaba a ser reconocido, por fin su sueño se estaba cumpliendo, también estaba a punto de casarse con una hermosa cantante. En estos momentos tan felices de su vida parecía innecesario buscar a Dios, pero  hay personas  como Santiago  que están tan acostumbradas a la mala suerte que cuando les empieza a ir bien se sienten algo extrañas y  a veces  pareciera que buscan un pretexto para sufrir. Fue  entonces cuando Santiago  empezó a indagar en pensamientos existenciales, cuestiones que parecían no venir al caso y  en  las cuales hace mucho no pensaba.  Agnóstico desde  temprana  juventud había olvidado por completo a Dios, pero de repente sin saber por qué extrañamente comenzaba a pensar en Él y en el sentido de la existencia.

En medio de sus pensamientos circulares, bastó un segundo para caer en un lugar profundo y desconocido, estaba solo en su habitación cuando sintió esta primera y horrible sensación, como un zumbido entró a sus oídos la fuerza de Dios, no un Dios bueno o malo sino uno sublime, tan fuerte como incomprensible. Si en esos momentos alguien  hubiera observado a Santiago seguramente no hubiera notado en lo más mínimo lo que le pasaba, pues todo fue totalmente interno. Lo más angustiante era que ya no había más dudas, tenía la seguridad irrefutable de que el  Dios verdadero  lo había tocado. Existía un diálogo  callado e íntimo, en el que  Santiago se preguntaba y él mismo se respondía, todo por medio de Dios.

¿Por qué planteamos como horrible el ver a Dios cuando debería ser todo lo contrario? Precisamente por que Santiago adquirió una responsabilidad nada fácil, algo le fue mandado a hacer, sintió que de su existencia no había hecho nada, sintió vergüenza y ahora tendría que dedicar su vida entera exclusivamente a Dios  y para lograr ésto, según él, era necesario renunciar a lo que más amaba. Sin embargo no podemos asegurar que ésto fue del todo horrible para  él.

A partir de ese hecho las personas que lo frecuentaban notaron un cambio  extraño en él, algunos aseguraban que incluso lo veian más tranquilo, con una gran paz, sus padres lo notaron más pensativo pero mucho más amable con ellos. Demasiada tolerancia con los demás y una indiferencia en actividades que para todos eran importantes.

Lo primero que hizo fue cancelar sus próximos conciertos, algo increíble que sorprendió a todos  y le trajo problemas inimaginables, eran conciertos importantísimos para su carrera, jamás volvió a tocar su piano. Cuando la gente lo cuestionaba por sus extremas decisiones él les respondía con una sonrisa y se apartaba de ellos para evitar conflicto. Era imposible creer que aquel hombre que tanto amaba su música ahora renunciaba a ella sin ninguna razón clara.

De sus seres queridos Santiago se despidió en silencio, uno por uno y sin decirles adiós, sólo compartiendo  palabras comunes, gestos, caricias. Todos sospechaban algo pero nadie se atrevía a decirlo. Este ritual de despedida lo hizo considerablemente rápido ya que tenía miedo de flaquear en su voluntad.

Despedirse de su prometida era lo que más temía, la veía con ojos de ternura y con cierta vergüenza  por que sabía lo que ella iba a sufrir, y eso era lo que más le dolía. Ella presentía algo de esto y ya sentía una tristeza. Santiago decidió  hacer el amor con ella por última vez y en esto no pensó mucho pues tenía miedo de que dentro de sus pensamientos  Dios entrara  para prohibírselo. Con dignidad humana rápidamente resolvió  despedirse de esta forma, puesto que era amor después de todo.

No es posible creer que Dios niegue al amor y Santiago al principio estaba  convencido de esto, ya que pensaba que por gracia de Dios amaba, y con tanta fuerza como él nunca hubiera imaginado lograr hacerlo, amaba todo, pero sobre todas las cosas  amaba más a Dios y con obediencia confiaba  en ÉL . Santiago dejó escrito en un papel: “amor y temor se mezclan en mi alma”.

Su prometida hablaba de los planes de boda y él con dolor la escuchaba, él  deseaba comunicarle todo acerca de la tormenta que pasaba por su alma de alguna manera buscando en ella una salvadora,  pero le fue imposible hablar, sólo la besaba y ella no entendía estas reacciones. Cuando llegó el momento de hacer el amor había mucho nervosismo  por parte de Santiago, era como si supiera que al día siguiente iba a morir y el amor carnal se resistiera a la muerte, mientras  lo hacían  lloraban juntos con  sufrimiento de  almas gemelas. Ella sintió esto en forma de  despedida. Santiago pensó  que Dios los había unido para separarlos después, no podía comprenderlo y fue en estos momentos cuando  estaba a punto de rebelarse contra Dios pero  resintió,  y con temblor en sus manos y fuerza en su corazón prefirió separarse de ella y de  todo lo que podría atarlo, le rogó que durmiera, la contempló, le pidió perdón, se vistió  rápidamente y salió de su casa.

Ya es  madrugada, Santiago camina con torpes pasos por la calle, como perturbado, fácilmente se le puede confundir con un borracho, parece que va con los ojos cerrados,  hace 3 horas que salió de su casa y el frio parece no importarle, llega hasta la carretera y camina por la orilla, algunos carros tocan el claxon, decide meterse entre los obscuros árboles y se pierde  entre ellos. Lo perdemos.

Qué podemos pensar de este hombre, tal vez sólo se trata de un simple fanático o de alguien que lleva una contradicción muy grande sobre sus hombros.  Difícil será para un hombre de esta especie vivir en nuestros tiempos, ¿Cuál será su plan y su destino? ¿Tenemos derecho a juzgarlo? ¿Cuál es el secreto que lo obliga a abandonar su vida? Es algo que no nos atreveremos a responder en este relato.

Fin


Ivan Lavin

Despedida de Corazón

Por: Octavio Pérez Sánchez


             Se despidió de mí. Meses antes me había dicho que nunca encontraría a nadie como yo. Tenía razón. Soy el alma más vil y repulsiva que jamás existió caminando bajo la máscara del ser más dulce. De ello se dio cuenta al final. Me dijo que le inspiraba miedo, que no sabía quién era. Soy un camaleón, quise decir, pero por primera vez mi lengua se trabó. Ella se había vuelto mi más grande debilidad.

             Preguntas por qué hago esto. Soy una bestia, ahora lo sé. Soy un monstruo libre enclaustrado por mucho tiempo, pero no más. Sin embargo, a ella la dejé ir. La amo. Me costó un trabajo desmedido pero lo logré. Antes tuve que lastimarla, que herirme, que destruirlo todo. Pero finalmente lo logré.

             No te importa, ¿verdad? Me lastimas. Además, créeme, te conviene saber lo bajo que he caído, conocer al monstruo que ella liberó en mí, el ser latente.

             Sólo ella pudo desenmascararme, ¿sabes? Hacer que dejara de jugar. Revelar aquel lado mío y dejarlo dominarme, aquel lado que me había hecho tan exitoso y tan maldito. Hacer que me llevara a un nuevo nivel de grandeza.

             ¡Mírame! Ya no te soy tan atractivo, ¿verdad? A lo mejor piensas que esto es sólo un mal sueño. ¿Ves estas navajas? Siente su toque gélido en tu piel. De ellas me serviré para hacer como hizo ella: despedirme con tu corazón en la mano.

Richey


Richey
por Adrián “Pok” Manero

Each day living out a lie,
Life sold cheaply forever, ever, ever.
-       Motorcycle emptiness, Manic Street Preachers


Mi hermano no se suicidó, de eso estoy segura. Todo mundo piensa que por sus depresiones y por eso de la automutilación era propenso a tomar la salida fácil, pero yo lo conozco bien y sé que nunca siquiera lo contemplaría. Él es una persona fuerte, sabe enfrentar el dolor. Quizás no de la forma más adecuada, pero siempre había una lógica tras sus acciones. Incluso cuando se cortó el brazo, tras su discusión con el reportero, no lo hizo por llamar la atención sino por demostrar un punto. Aunque nada de eso contradice los dieciocho puntos que tuvo que recibir ni la sangre que perdió.
            No voy a negar que por momentos he tenido mis dudas. Ha pasado tanto tiempo. A veces, hablando con papá o mamá, puedo ver que también ellos lo han pensado. Ya perdimos la esperanza de volverlo a ver, por eso, hace tres años tomamos la decisión de declarar su ausencia legalmente. Pero, aunque ya casi van diecisiete años desde su desaparición, en el fondo sigo sintiendo que está vivo. El resto de la banda está con nosotros y todavía le guardan un porcentaje de las regalías de los discos que sacan por si acaso.
            La verdad de las cosas, siempre le encantaron los misterios. ¡Qué mejor que protagonizar el propio! Siempre fue su sueño llegar a la cima para después extinguirse. Seguramente disfruta del culto que ha generado y se regodea en el amor de sus fans. Esa es una de las razones por las que estoy convencida de que, aunque nunca lo veremos de nuevo, sigue con vida. Sé que no se volvería una leyenda si no pudiera ver los resultados él mismo.
            Nunca hago caso de los avistamientos absurdos. Sin duda, abandonó el país, pero se me hace ridículo cuando alguien dice haberlo visto con un grupo de monjes, vistiendo una túnica y rezando mantras.
            Para contradecir todos los rumores sobre el puente Severn, está la ausencia de un cadáver y los planes. Si no, ¿por qué sacó todo ese dinero? ¿Por qué estuvo viviendo en su coche sino para sembrar la duda? Y no podemos olvidar su edad. No podía quedarse sin formar parte del club, aunque fuera de forma honoraria. También me recuerda al caso de Ian Curtis: justo antes de un viaje a América, prueba clara de que habían alcanzado fama internacional.
            Lo que realmente me convence de que no ha muerto son las llamadas. Comenzaron exactamente un año después de que se fue. Siempre se oye mucha estática, como si el otro lado de la línea se hallara muy lejos. Nadie habla, pero a veces escucho una respiración. Desde esa primera vez, supe que era él. No le cuento mucho de mi vida, no quiero correr riesgos, pero le hago saber que estamos bien. Aún después de casarme y mudarme, no sé cómo consiguió mi número, me sigue llamando de vez en cuando. En ocasiones hace hasta dos llamadas durante el  mismo mes, a veces pasan años entre una llamada y la siguiente, pero sé que siempre habrá al menos una más. Y tengo esa certeza, pues lo conozco y sé que cuando llegue el momento de la última llamada no colgará sin despedirse de mí.

MIRAR por Olimpia Barreiro


Nadie pidió que me regalaran esto. Siempre pensé que el mundo y cada objeto eran cosas extraordinarias y que los problemas no tenían la intensidad que debían tener, puesto que al mirar alderredor todo era tan bello que no importaba lo demás.

¿Qué como me imaginaba yo las cosas?Era fácil, las tocaba, sentía su textura, me envolvía en su forma. No sólo me imaginaba como era lo que tocaba sino que venía a mi mente de dónde provenía, la persona que la había hecho, o las que la habían poseído antes que yo.

En el parque me sentaba a imaginar a niños que corrían, brincaban y gritaban. Unos se me acercaban con curiosidad ¿Por qué usas esos grandes lentes oscuros? ¡Está nublado! ¿Por qué usas bastón? ¡No eres tan viejo!
Las madres, apenadas, les daban un manazo y pensaban que yo no me daría cuenta del golpe, pero oía el sonar de su cabecitas. Nada de eso me molestaba, de hecho, me daban risa sus curiosas preguntas.

Algunas veces les preguntaba a los niños ¿Todas las cosas redondas botan?Y  ellos contestaban: No, las pesadas solo se balancean, las otras, giran. Y, con base en todas las preguntas que ellos contestaban honestamente, iba formando mi mundo.

Hasta que llegó mi hija. Ella se había ido a Europa. Antes no le molestaba tener a un padre ciego, pero creo que en Europa esto es motivo de vergüenza. Se iba a casar.
Tenía la impresión que sin ver al novio no podía saber con quién se casaba realmente, pero lo sabía bien: era frío, pero le gustaba que mi hija fuera hogareña, pensaba que aquí todos éramos pobres y feos que de algún modo mi hija era la única bien parecida de este vasto lugar. ¿Qué más querría saber de él? Si sabía en mi corazón que la quería.

Pero insistieron en que me sometiera a la operación, que por los avances en la medicina ya era posible hacerme ver. Alguna vez de joven lo quise, pero una vez que supe que veía mejor que los que tenían un par de ojos funcionando, no lo volví a pensar. Pero lo hice por mi hija.

Tengo grandes ojos azules, canas, arrugas por todo mi cuerpo, en unas partes más,  y en otras menos. Los niños ya no se me acercan y el maravilloso mundo que yo había contemplado se ha ido.

DESPEDIDA.

- Elena Alvarado.
Desperté con la idea firme de que esta no era mi vida, tú no estabas a mi lado ni yo contigo. Abrí la cortina esperando que el sol se hubiese apagado, pero éste seguía ahí, en el mismo lugar, a la misma hora.
Se quedó callado tras un muro lleno de mentiras, olvido, recuerdo y rencor. Se despidió de mí, yo no me di cuenta de ello.
Mi destino estaba trazado, no lo miré, y cuando me entregaron la cuenta de mis excesos me percaté de que mi corazón ya no era el mismo.
Las montañas seguían cambiando de color, por más que revolvía el universo éste regresaba a su estado natural. Compré muchos colores para pintarlas de nuevo, pero no pasaba nada, la lluvia les quitaba lo bello.
Aunque combinaba sentimientos para formar un color nuevo, éste seguía en su estado de descomposición, hasta lo grotesco me resultaba bello. La soledad, me ha dicho que no importa la sonrisa en mi cara, nada bueno vendrá de ello.
Compré mil caballos, cada uno para montar al pasado. Se cansan mucho en su larga cabalgata. En cada viaje pierdo dos, uno de ida y otro de vuelta. Tengo de todos colores para que combinen con mi ropa. Así logro algo de armonía para pasar desapercibida.
No te encontré, ni siquiera en pedazos, ¿eras real? o ¿algo que inventó mi imaginación?
Cuando te dije que era una en un millón, no te mentí, es cierto.
Tengo el hígado forrado de gomitas de azúcar para contrarrestar la mala vibra que llega. Mis riñones son dos panques de pasas, así rebota todo lo malo que llega. Los pulmones están llenos de chocolate para poder revolverse con todo el humo que por error entra. Mi corazón es un pastel, 100% puro de cacao, al que todos se les antoja pero nadie se atreve a probarlo.
Teniendo toda esa confitería en mi ser, sigo siendo amarga. Lo siento, la vida no es el mejor refrigerador.
Lloré tantas noches, pensé que mis lágrimas formarían un océano nuevo, pero no fue así, sólo logré inundar los corazones que estaban a mi lado.
Miraba el teléfono como si éste pudiese responder mis dudas, como si alguna noche, sin nada en especial, me dijera te amo, regresaré. Pero eso no pasó.
Me convertí en una basura, un ramo de dolor con tintes de sabiduría y con reclamos de no ser yo, pidiendo una oportunidad como si éstas fueran infinitas, rogando no morir en el intento.
La Abuela me dijo que la vida es un arma que tiene tres balas, tres oportunidades después de eso ya no te queda nada. Mi cartucho se terminó.
Ahora abre la cortina para que veas que yo ya no espero más tu regreso.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El ojo de la muerte.

Rodolfo García Portillo.

...verá usted... 

Los vi pasar con sus velos enigmáticos, igual que todos los jueves. Las cenizas recorrían el aire tranquilamente. No fue una noche común  -si me permite decirlo-. A lo largo de la calle muda se podían escuchar las voces maltrechas de pobres y ricos, todos al unísono entonando siniestras melodías de cuna. Las luciérnagas se formaban estoicas, infiltrándose en las farolas para alimentarse de la obscuridad del cielo áspero. Más adelante, mientras seguía mi vuelo a ras de piso, me encontré con una lupa muy peculiar que deslumbró mis dilatadas pupilas. Mi instinto fue el de tomarla por el mango y mirar a través de su ojo. Con labios temblorosos y manos inmóviles contemplé lo que nadie en el mundo habría podido siquiera imaginar: 

Mundos de colores hipnóticamente terroríficos sobreponiéndose a las sombras, la calle empedrada, que ahora era lisa, los aparadores, que aparecían cristalinos y desagradables a la vista. Había -cerca de mí-  diminutos seres de risas agudas que envolvían el lugar. Estaban también aquellos insectos alados de garigoleos geométricos que revoloteaban incesantes. Repentinamente, la obscuridad se tornó en un cielo azul deslumbrante y arriba, a lo lejos, la luna parecía estar en llamas. El asombro recorría mis huesos de adentro hacia afuera. 

Seguí meciéndome abrumado, comparando mis visiones a través de la lupa. Más allá, al final de la pendiente empedrada, se observaba una apacible montaña rodeada de hojas verdes que reflejaban las llamas de aquella misteriosa luna encendida. Recuerdo muy bien, fue entonces cuando  tropecé con el sastre, aquel encorvado y esquelético individuo que se hallaba de espaldas a mí. Confieso que tal fue mi sorpresa cuando no se inmutó de mi presencia en lo más mínimo, indignándome fatalmente. ¡Que descaro! -pensé al momento- pero rápidamente aquel malestar amainó, pues el sastre comenzó caminar frente a mí. Al verlo, mis ojos desorbitados salieron disparados de sus cuencas y por un momento solo pude observar porciones de piso oscilando frente a mí. Alcancé mis ojos al fin para ponerlos en su lugar y me volví para buscar al sastre, cuando lo encontré se hallaba ya más de una calle alejado de mí. Me impulsé a toda velocidad para acercarme más y poder confirmarlo -realmente me intrigaba saber si aquel hombre se encontraba caminando-. Cuando pude verlo al fin, un calor intenso recorrió mis huesos y mi mandíbula comenzó a temblar; aquel horrible señor estaba realmente caminando, que falta de educación la suya, esto era el colmo. Miré hacia el otro lado cubriéndome los ojos, pues no podía ver lo que creía, y -disculpará usted la falta de moral en mi anécdota- pero estuve a punto del vómito. ¿Como podía ser que ese pedante hombre estuviese realizando tal barbarie ahí a plena obscuridad, a la media noche, cuando todos podíamos verle? 

Me acerqué entonces a él y le dije: Señor sastre, no estará usted pensando acaso en lucir sus malos modales por todo el pueblo, ¿verdad?. El hombre detuvo su asquerosa actividad, y se irguió mirándome con su característico desdén, luego, su expresión cambió por completo, como si hubiese recordado algo y prosiguió caminando, ahí frente a mí el muy descarado. Ferozmente alterado, lo alcancé para propinarle una violenta sacudida. Los ojos del hombre parecían no estar mirándome, sus labios repetían con entusiasmo que debía volver a casa, y además, parecía haber perdido algo muy valioso, puesto que  insistía en que debía encontrarl algún objeto a como diera lugar. Contrariado, lo sacudí de nueva cuenta y el hombre se apartó de mis manos sin darme importancia alguna. Decidí omitir su presencia, así como él omitió la mía. 

Seguí mi camino con la lupa todavía en mano. Aquel sastre me había hecho olvidar por unos momentos la maravilla de artefacto que el destino había puesto en mi poder. Y así continué, tomando la calle de mi derecha para dirigirme a la tienda de bocadillos que se encontraba bajo el viejo roble, mirando a través de la lupa dorada que transfiguraba las cosas en horripilantes telares coloridos. Me detuve frente al roble y no pude resistir la morbosa tentación de mirarlo detenidamente. Después entré en la tienda. Al acercarme al aparador, Cervantes se hallaba entretenido mirando un pedazo de carbón con su monóculo de aumento. Le pedí dos de los pequeños gatos que colgaba por el lomo, con esas deliciosas pinzas que los hacen lucir tan apetitosos. Apurado, Cervantes los puso en una bolsa y volvió a su lugar mientras me pedía que colocara el importe sobre el aparador. Extrañado, puse las monedas enceradas sobre el metal frío y dejé el lugar. Al llegar a casa recuerdo haber visto el calendario, todo esto que le narro de buena fe a usted, tuvo lugar una noche de muertos. 

Disculpará usted mi insistencia, señor, pero es aquí donde debe usted poner suma atención a las palabras que componen mi anécdota, puesto que es esta la secuencia de acciones que le atrapará en sus garras, así como me atrapó a mí aquella noche de muertos de hace tantos años. Tengo el vago recuerdo de haberme dado un baño de luz de vela durante un largo rato, mientras leía algunos poemas y organizaba mis menesteres para el día siguiente. Junto a mi lazo, donde me cuelgo todas las noches para dormir, tengo una repisa en la que acomodo -con un una jerarquía específica- las cosas que utilizaré la noche siguiente al despertar. Viene a mi memoria una completa certeza de haber puesto la lupa que encontré por delante de todos mis artefactos. Dormí durante suficientes horas, y al despertar, lo primero que hice fue buscar la lupa a tientas antes de sacar mis ojos del galón de solvente clarificante que conservo junto a mí. Mi primordial decisión era mirar por primera vez en la noche a través de la lupa dorada, pero apareció tremenda mi agitación cuando mi mano encontró nada más que un lugar vació en la madera áspera de la estantería. Preocupado por mi particularmente notable inteligencia espacial, me apresuré a poner mis ojos en su lugar. Los sequé y rápidamente busqué el artefacto, pero ya no estaba ahí. Asombrado tomé mis cosas y comencé mis menesteres, no sin dejar de pensar en el paradero de aquel particular objeto. Me dispuse a buscarlo, pero mi tiempo se extinguía, por lo que continué con mis actividades. 

De regreso a casa, volé lentamente, recordando el trayecto de la noche anterior. Al pasar frente al negocio de Cervantes, me detuve a platicar con su esposa, que se encontraba afuera pese al calor que apremiaba la noche cenicienta. En un principio nos enfrascamos en una conversación que se convirtió en un remolino de banalidad, después, hablamos sobre como el sastre había desaparecido apenas comenzaba ésta noche. Muchos dicen que lo vieron aun caminando balanceándose por los aires, comentan que se alejaba del pueblo sobre la montaña humeante sosteniendo algún objeto dorado en las manos, otros señalan que daba las gracias a la luna, mientras ascendía encogiéndose como un destello lejano en la obscuridad. La señora Cervantes clama haberlo visto desaparecer en el aire. Personalmente -y si soy completamente honesto con usted- me da gusto que ese maleducado sastre haya abandonado este pueblo apacible y espero que nunca vuelva. Y en cuanto a la lupa, nunca volví a verla. La he buscado por todas partes, en cada esquina de mi casa, en cada intersticio apolillado del parquet, debajo de mi alacena y junto a mi diván. Lo he buscado también en las calles y a los pies de la montaña humeante al final de la calle. Supongo que son el tipo de cosas que solo se dan una vez, pero le confieso que si por algo me mantengo todas las noches despierto, es porque ese maldito sastre bueno para nada, ha dejado este pueblo y sé muy bien, que no volverá jamás.